lunes, 11 de julio de 2016

DE 11:11 A 3:33

Los domingos suelen parecerme aburridos, así que dejé esto para el lunes.
Normalmente, mamá suele comentar cosas cotidianas, interesantes para ella y su minúsculo mundo en el que reina la intriga de saberse querida nuevamente. Por mi lado, no he dejado de pensar en mi egoísmo y egocéntrica manera instaurada a partir de un entonces no demasiado prometedor si parto de un punto discontinuo con mi manera real de ver las cosas.
Ahora, hace mucho no escribía en prosa. Me parece demasiado existencial el pensar una y otra vez en como las cosas nos van haciendo daño, nos hacen desconfiar en esas gentes que, a decir verdad, no tendrían por qué ser siquiera tomadas en cuenta pues se supone que las cosas sin importancia pasan de largo y ya.
Cuatro señoras se sientan cerca de nosotros y comentan lo fácil que es la vida de un no empleado en una ciudad pequeña. Lo irónico es ver, a veinte pasos de invierno, un muchacho extranjero tocando la trompeta a ritmo fúnebre, triste y caótico entre los autos que siguen su marcha bohemia por las calles más coloridas de Trujillo.
Somos dos comensales extraños, la gente piensa que soy un artista por el cabello largo, la cara de triste y el disfraz temporal de escritor cuando llevo un pedazo de Cortázar y Bukowski en el bolsillo izquierdo. Mamá es una muchacha alegre de unos cuarenta y tantos años que demoran en alcanzarla cuando decide trazar metas que sabe algún día llegarán.
Llegó nuestra orden, spaghetti a la huancaína con lomo fino en trozos, lo cual equivale al típico lomito saltado de ayer con papá. (the fancier, the better)
Pensé que este carajito mío me iba a ser funcional en algún momento. Uno nunca sabe…
Siento hambre ahora mismo, siendo las cuatro de la tarde y debo tomar la alternativa que corresponde a un pseudo escritor de veintidós años soltero, enamoradizo y confuso, o escribir sobre ello.

Buenas tardes, mamá.

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