Los domingos suelen parecerme aburridos, así que dejé esto
para el lunes.
Normalmente, mamá suele comentar cosas cotidianas,
interesantes para ella y su minúsculo mundo en el que reina la intriga de
saberse querida nuevamente. Por mi lado, no he dejado de pensar en mi egoísmo y
egocéntrica manera instaurada a partir de un entonces no demasiado prometedor
si parto de un punto discontinuo con mi manera real de ver las cosas.
Ahora, hace mucho no escribía en prosa. Me parece demasiado
existencial el pensar una y otra vez en como las cosas nos van haciendo daño,
nos hacen desconfiar en esas gentes que, a decir verdad, no tendrían por qué
ser siquiera tomadas en cuenta pues se supone que las cosas sin importancia
pasan de largo y ya.
Cuatro señoras se sientan cerca de nosotros y comentan lo
fácil que es la vida de un no empleado en una ciudad pequeña. Lo irónico es
ver, a veinte pasos de invierno, un muchacho extranjero tocando la trompeta a
ritmo fúnebre, triste y caótico entre los autos que siguen su marcha bohemia
por las calles más coloridas de Trujillo.
Somos dos comensales extraños, la gente piensa que soy un
artista por el cabello largo, la cara de triste y el disfraz temporal de
escritor cuando llevo un pedazo de Cortázar y Bukowski en el bolsillo
izquierdo. Mamá es una muchacha alegre de unos cuarenta y tantos años que
demoran en alcanzarla cuando decide trazar metas que sabe algún día llegarán.
Llegó nuestra orden, spaghetti a la huancaína con lomo fino
en trozos, lo cual equivale al típico lomito saltado de ayer con papá. (the fancier, the better)
Pensé que este carajito mío me iba a ser funcional en algún
momento. Uno nunca sabe…
Siento hambre ahora mismo, siendo las cuatro de la tarde y
debo tomar la alternativa que corresponde a un pseudo escritor de veintidós
años soltero, enamoradizo y confuso, o escribir sobre ello.
Buenas tardes, mamá.
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