Exquisita soledad
de a dos
cuando suenan las campanas
con voracidad nocturna
rechinan los pilares,
tiemblan las bisagras
de mi puerta al sepulcro
nuestras manos crepitan
sus garras en pieles de madera salvaje
escamas endurecen
cristal entumecido
donde habitan los sexos
que engullen radiante
sabor a fruta madura
olor que en pétalos de piel se desprende,
desvaneciéndose en aire que agita tibiamente
acechando voyerista la silenciosa muerte
cuerpos derrotados en fronteras lechosas
Desnudos, mojados
carreteras no trazadas
en miradas cansadas
con ojos en bandera blanca
La piel más
temida
habita en mi habitación
contrayéndose
contra mí,
maquinista lunar.