Gabriela ama el mar,
se mece entre las olas,
se agita en el aire,
respira las notas
de su canción favorita
en el mundo sonoro
de un martes nocturno
silencia la garganta,
el alma de diamante,
los pechos de miel,
baila, esperamos el sunset
del día anterior,
y en el cielo, impaciente
una luna impecable,
tiñe el día
distante de
un gris particular
Rasguña las piedras,
me mira, de cerca me mira,
se esconde entre las luces,
a volar entre columpios,
cronopios y famas
Se burla, niña buena,
de las gentes mayores,
que no pueden, como ella
irse al mar sin temores
Gabriela tiene frio,
y una estrella polar
en la cola de orión
La estela encendida
en un pájaro de amatista,
el vuelo de un ave
que planea sin
planear
Tizas en su vientre,
un lienzo incoloro,
reflejo del alma
desbaratada
en lo bello,
tal cual
Camina por el muelle,
guerrillera temerosa,
terrorista por antojo,
me mata tenerla
tan cerca y verla
nomás
Gabriela, además,
es tan libre, tan libre,
que me cuesta
verla dejar
de sonreír
Ella se desnuda
y deja el cuerpo en casa
cuando quiere caminar
con los restos
de su infancia
Confesiones de invierno
que murmulla
entre dientes
en el campo
minado
de pisadas
sobre espuma
y madera
Ella dice que es tarde,
los peces se han ido,
las aves descansan,
saborearemos las
islas y el mar
Cuando cierro el telón,
ella baja la luna,
lleva el viento en sus labios
y toma el bus de las siete
Dejamos el café
a orillas de mi boca,
s o n r ío,
y partimos
a la ciudad
en un barco
sobre ruedas.