martes, 29 de agosto de 2017

MONOLOGO INTERIOR

Mi nombre es Hammer Contreras Vega. Tengo 23 años y a lo largo de mi vida he aprendido que uno nunca deja de conocerse a sí mismo. Tengo miedo, también, y pereza hacia lo desconocido como a la vez curiosidad intrínseca a lo que entiendo ayude a superarme constantemente. Me gusta la gente, la buena, la que encuentra soluciones a los problemas antes de ser planteados. También, me gusta escucharlos, sobre todo cuando existe un clima nostálgico alrededor de las cosas. Pienso que la vida tiene música, por cierto. Aunque muchos hacemos oídos sordos a la misma, por alguna razón o motivo, quizá.

Para hablar de mí, necesito de tiempo, para intentar no parecer un charlatán de feria, además, soy bastante tímido y callado a veces, incluso cuando expongo mis razones en voz alta. Me gusta dar una buena impresión a los demás, creo. Tengo aficiones particulares por el buen uso de la razón y el escribir al respecto.

Creo que me caracterizo; sin embargo, por no querer resaltar mis cualidades, y es por eso que puedo quedarme horas frente a una hoja en blanco aun teniendo ideas infinitas en la cabeza. Creo, también, que el temor a la muerte es algo que desarrollamos en virtud al acercarnos más a ella. Tenemos mucho de qué hablar y la vida se vive mejor en silencio.

Por ahora, he tenido experiencias que me han llevado a emociones que desconocía. Evolucionamos constantemente y formamos un carácter cada vez más acorde a las predicciones que hacemos con la incertidumbre a futuro.

Prefiero dejarme conocer que mostrarme como tal. Creo que cada uno desarrolla distintas perspectivas de verse y ver a los demás, por lo cual no podemos definir quien somos, así y no más, sino basarnos en conceptos y relacionarlos a la gente que nos rodea y a nuestra interacción con ellos.
Creo profundamente en la lealtad, más aún que en la fidelidad. La lealtad con uno mismo y el ser alguien correcto, con lo que conlleve el mantenerse al margen de disfrutar otras cosas, como no serlo, por ejemplo.

Hace poco perdí a mi padre. Parte de mí aún se encuentra imborrable dentro del limbo de la memoria.  De hecho, hace mucho que escribo, igual que él. Tal vez heredamos parte de nuestra personalidad de manera genética. El tiempo se encarga de dar forma a lo que llegamos a decir finalmente.

Desde que vivo a solas, he aprendido a enfrentarme y apreciar la soledad. Creo que perdemos el tiempo buscando mostrar lo que no somos, aparentamos para ser aceptados y sin querer nos olvidamos de quienes somos en verdad.
Discuto, de todos modos, conmigo, siempre. Escribo, pienso y todo lo que sé lo debo al cuestionar los porqués.

No sé qué más decir al respecto. Todos tenemos rasgos muy notorios y algunos otros que guardamos en la intimidad o la vergüenza de ser juzgados por sujetos que llevan la moral como estandarte en la boca, y nada más.

En todo caso, dejaré que usted, como lector u oyente, me encasille en lo moralmente correcto, hasta conocerme a su modo o evitarse el trabajo.

De todos modos, espero lo suficiente de mí. Creo que la mediocridad para algunos es normal, nos limita ridículamente. Creemos en lo que oímos, en los “demasiado”. Inconscientemente ponemos límites a nuestras capacidades, y es algo más que inadmisible.

La felicidad es un tema aparte. Considero que perdemos el tiempo buscando un equilibrio emocional que nos cause satisfacciones a largo plazo cuando dejamos de lado los instantes que en verdad valen la pena. Lo supe cuando vi a papá por última vez. Lo repito a diario, como un sermón a solas, de esos que se dan a escondidas porque nos queremos en el fondo.

Tengo una cualidad particular de parecer tan solemne. Es por eso que prefiero no referirme a mí a menudo. Los demás consideran aburrido el lidiar con alguien que puede burlarse de sus flaquezas. Yo lo considero divertido. Al fin y al cabo, debemos vivir con eso. No existe nadie que pueda salvarnos salvo nosotros mismos. Ah, pero quisiéramos bien ser la salvación de quienes amamos. Lo esperamos con franqueza y nos causa bochorno admitirlo. Tiene sentido.

Todo el mundo debería escribir de vez en cuando, disfrutar un buen libro, la compañía de un padre, las tardes a solas. Una mente nublada no puede pensar por sí misma.

La naturaleza hedonista del hombre nos lleva al ahogo por lo incoherente, pero la necesitamos, como un buen consejo de vez en cuando. Tal vez por ello soy tan bueno escuchando a los demás. Todos, inexorablemente todos, tenemos problemas que preferimos evitar, pero siempre están allí, esperando a ser resueltos. No es cobarde evadirlos, sin embargo, nos vuelve parte del problema.

No creo ser alguien frío, solo algo distraído. Me conmueve la empatía de la gente, incluso al punto de practicarla. Creo que todo momento nos deja algo, y tenemos que apreciarnos como el resultado de lo que hemos vivido.

Sartre decía que un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él. Cortázar escribió instrucciones para llorar. Me pregunto constantemente si tenemos un rol autómata o somos un producto predecible. Muchas personas me han hecho pensar así. Ciertamente lo creo, a veces.

En todo caso, o en el mejor de ellos, a mi parecer, lo único constante es el cambio. El rumbo que tomen nuestros actos depende únicamente de nosotros y nuestras decisiones. He allí la incertidumbre, el punto de partida, la curiosidad y el camino particular que traza cada individuo, como tú o como yo.




lunes, 28 de agosto de 2017

OH

He creado un monstruo
Que escupe, gime y grita libertad
Se masturba en los alrededores,
Vaga en las plazas, se coge a las jovencitas
ríe con euforia cuando ve sangre,
la bebe, se envuelve en ella
su alma es gris, ceniza andante...


...Se parece tanto a mí.