Cuando la piel
habita en soledad
los pliegues de tristeza marcan los ojos
las rabietas cuelgan dulces sobre la ventana
las paredes se deshacen en cuadernos ajenos
se dibujan frases retorcidas bajo mejillas
los abrigos trepan primates en humedad
colgajos de hábitos oscuros reflejan el computador
Los espejos miran mi espalda,
delatan mi ansiedad en canto general
los latidos aceleran al ritmo de mis piernas
la presencia nocturna se acerca
alarga su sombra a oscuras, a tientas
Las tentaciones son de clara envergadura
y mis manos reptan palpitantes la luz
libélulas de acero en mis oídos
silencios que emanan de mi yo fonador
Ni qué decir de la ciudad dormida
no hay un modo exacto…
azulados humanos que ríen tristemente
sueltan carcajadas por el dolor ajeno
Los idiomas que llevo conmigo
van de la mano en una maleta
me miran y aplauden a altas horas
bebo un sorbo de negroni y vuelvo a la cama.
(apago el computador, conecto los audífonos,
despierto, apago el escritor).
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