Mi nombre es Hammer Contreras
Vega. Tengo 23 años y a lo largo de mi vida he aprendido que uno nunca deja de
conocerse a sí mismo. Tengo miedo, también, y pereza hacia lo desconocido como
a la vez curiosidad intrínseca a lo que entiendo ayude a superarme constantemente.
Me gusta la gente, la buena, la que encuentra soluciones a los problemas antes
de ser planteados. También, me gusta escucharlos, sobre todo cuando existe un
clima nostálgico alrededor de las cosas. Pienso que la vida tiene música, por
cierto. Aunque muchos hacemos oídos sordos a la misma, por alguna razón o
motivo, quizá.
Para hablar
de mí, necesito de tiempo, para intentar no parecer un charlatán de feria,
además, soy bastante tímido y callado a veces, incluso cuando expongo mis
razones en voz alta. Me gusta dar una buena impresión a los demás, creo. Tengo
aficiones particulares por el buen uso de la razón y el escribir al respecto.
Creo que me caracterizo; sin
embargo, por no querer resaltar mis cualidades, y es por eso que puedo quedarme
horas frente a una hoja en blanco aun teniendo ideas infinitas en la cabeza.
Creo, también, que el temor a la muerte es algo que desarrollamos en virtud al
acercarnos más a ella. Tenemos mucho de qué hablar y la vida se vive mejor en silencio.
Por ahora, he tenido experiencias
que me han llevado a emociones que desconocía. Evolucionamos constantemente y
formamos un carácter cada vez más acorde a las predicciones que hacemos con la
incertidumbre a futuro.
Prefiero dejarme conocer que mostrarme
como tal. Creo que cada uno desarrolla distintas perspectivas de verse y ver a
los demás, por lo cual no podemos definir quien somos, así y no más, sino basarnos
en conceptos y relacionarlos a la gente que nos rodea y a nuestra interacción
con ellos.
Creo profundamente en la lealtad,
más aún que en la fidelidad. La lealtad con uno mismo y el ser alguien
correcto, con lo que conlleve el mantenerse al margen de disfrutar otras cosas,
como no serlo, por ejemplo.
Hace poco perdí a mi padre. Parte
de mí aún se encuentra imborrable dentro del limbo de la memoria. De hecho, hace mucho que escribo, igual que
él. Tal vez heredamos parte de nuestra personalidad de manera genética. El
tiempo se encarga de dar forma a lo que llegamos a decir finalmente.
Desde que vivo a solas, he
aprendido a enfrentarme y apreciar la soledad. Creo que perdemos el tiempo buscando
mostrar lo que no somos, aparentamos para ser aceptados y sin querer nos
olvidamos de quienes somos en verdad.
Discuto, de todos modos, conmigo, siempre.
Escribo, pienso y todo lo que sé lo debo al cuestionar los porqués.
No sé qué más decir al respecto.
Todos tenemos rasgos muy notorios y algunos otros que guardamos en la intimidad
o la vergüenza de ser juzgados por sujetos que llevan la moral como estandarte
en la boca, y nada más.
En todo caso, dejaré que usted,
como lector u oyente, me encasille en lo moralmente correcto, hasta conocerme a
su modo o evitarse el trabajo.
De todos modos, espero lo suficiente
de mí. Creo que la mediocridad para algunos es normal, nos limita
ridículamente. Creemos en lo que oímos, en los “demasiado”. Inconscientemente
ponemos límites a nuestras capacidades, y es algo más que inadmisible.
La felicidad es un tema aparte.
Considero que perdemos el tiempo buscando un equilibrio emocional que nos cause
satisfacciones a largo plazo cuando dejamos de lado los instantes que en verdad
valen la pena. Lo supe cuando vi a papá por última vez. Lo repito a diario,
como un sermón a solas, de esos que se dan a escondidas porque nos queremos en
el fondo.
Tengo una cualidad particular de
parecer tan solemne. Es por eso que prefiero no referirme a mí a menudo. Los
demás consideran aburrido el lidiar con alguien que puede burlarse de sus
flaquezas. Yo lo considero divertido. Al fin y al cabo, debemos vivir con eso.
No existe nadie que pueda salvarnos salvo nosotros mismos. Ah, pero quisiéramos
bien ser la salvación de quienes amamos. Lo esperamos con franqueza y nos causa
bochorno admitirlo. Tiene sentido.
Todo el mundo debería escribir de
vez en cuando, disfrutar un buen libro, la compañía de un padre, las tardes a solas.
Una mente nublada no puede pensar por sí misma.
La naturaleza hedonista del hombre
nos lleva al ahogo por lo incoherente, pero la necesitamos, como un buen consejo
de vez en cuando. Tal vez por ello soy tan bueno escuchando a los demás. Todos,
inexorablemente todos, tenemos problemas que preferimos evitar, pero siempre están
allí, esperando a ser resueltos. No es cobarde evadirlos, sin embargo, nos
vuelve parte del problema.
No creo ser alguien frío, solo algo
distraído. Me conmueve la empatía de la gente, incluso al punto de practicarla.
Creo que todo momento nos deja algo, y tenemos que apreciarnos como el resultado
de lo que hemos vivido.
Sartre decía que un hombre es lo
que hace con lo que hicieron de él. Cortázar escribió instrucciones para
llorar. Me pregunto constantemente si tenemos un rol autómata o somos un
producto predecible. Muchas personas me han hecho pensar así. Ciertamente lo
creo, a veces.
En todo caso, o en el mejor de
ellos, a mi parecer, lo único constante es el cambio. El rumbo que tomen nuestros
actos depende únicamente de nosotros y nuestras decisiones. He allí la
incertidumbre, el punto de partida, la curiosidad y el camino particular que
traza cada individuo, como tú o como yo.
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