rojiza, naranja, incolora,
poco a poco,
me reduce a la paroxítona
incomodidad, o talvez algo
tan grave como un ataúd
en la entrada de un cuarto
que aletea ingrávida
bajo la indecente luz
de un recuerdo
atiborrado
por la hiel
de un aliento
callado
bajo tierra
De noche, empero,
no cambia mucho
el entorno,
balbuceo,
dibujo en la pared,
me encierro
en la pornográfica
mente de un tarot
por repartir
Miro a la gente de reojo,
comprendo que me llaman,
que aman lo extraño,
que de pronto me quieren
De madrugada, abrazo
la almohada primogénita
amarrada a la cama,
me oye llorar,
apapacha mi llanto
como un pájaro
trémulo que
encuentra la paz
al dormir,
recoge mi cuerpo,
limpia mi alma,
impregna libertad
en cada palabra
no dicha,
y me encuentro volátil
contigo, papá.
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