lunes, 9 de noviembre de 2015

DE CUANDO PERDI EL BUS A CASA

Me encontraba a la salida de la universidad, con libros bajo el brazo y pensamientos quien sabe en donde. Lo único que recuerdo de ese dia es la sombra de largas piernas que vanidosamente se cruzo con la mia. Alce la mirada y allí estaba, mi perdición estaba sentenciada desde ese momento. Con su vestido azul, no de esos azules chocantes o aquellos que nos inducen a una subliminal y fúnebre tristeza casi romántica, no. Era ese azul propiamente suyo, que despertaba incluso olor a canela y campos de trigo recién maduro, era quizá su figura adolescente y aquel peculiar encanto que la rodeaba lo que le daba ese color único a lo que formaba cada detalle de su delicada cintura y que me llamaban cada vez mas a su vientre. Era un azul en todas las tonalidades que me suponían relacionarla a ella, y solamente a ella. Yo, a pesar del fuerte calor de verano, nunca sentí mi ciudad tan primaveral como aquel dìa, aunque siempre con pantalones largos y prendas que atraían mas rayos solares que la presencia de aquella mujer, me había decidido por primera vez a ponerme a prueba, sabia que las probabilidades de volver a verla eran tantas como las veces que me sintiese lo suficientemente valiente para volver siquiera a pensarlo. Decidido y tan nervioso como un pecador rindiéndole cuentas a su dios, solo atine a cerrarle el paso, danzando a su alrededor de manera ridícula y graciosa, intentando llamar su ya ganada atención y tratando de presagiar cada gesto, una mirada al menos. Ella se detuvo por un momento, y paso…. Me miro fijamente de un certero golpe, y cai abatido ante ella. Por alguna razón lo único que salio de mis fauces fue un “Me rindo”…. Y en verdad, me había rendido ante su divinidad, y pude apreciar a mi diosa en su mayor esplendor, de palido rostro y triste mirada, de frágiles brazos y codos marcados, de sutil y delicada figura, de larga cabellera y ondas marinas que recorrían cada uno de sus perfectos cabellos. Todo era armonía pese a su triste ser, y yo la amaba. Tontamente recupere la conciencia, aprisione mis pesados libros a mi pecho, y el sublime eclipse de nuestras sombras se alejaba lentamente, ella dejando atrás un sueño de amor de verano, yo sin sentidos que reaccionen, pensando en las posibilidades, mientras retornaba solo a casa.

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