Una vez sumergido en la tristeza,
las islas del olvido emergen
sobre el umbral de tiempos extintos,
las costas del mar rechinan,
los dientes de arena absorben
la sangre fría del hombre triste
La hierba oscurece
en la sombra taciturna
de la muerte inesperada,
los ojos palpitan de miedo,
ansiosos, recorren el cubo
astral de la paranoia
incontrolable
Navíos naranja
se extravían plácidamente
en rincones subversivos
de la consciencia,
desdicha risueña
rompe el corazón
en trozos de algodón
para una almohada
placentera
La voz descansa
en la soledad
absorta de
un poema
mal hecho
Caminar
que araña
la arácnida
ruta de mis
manos
sobre el papel
retienes
la calma
de un niño
dormido
Y entonces,
solo entonces,
enmudece
la piel
y sueño
despierto
al nocturno
insonoro
de lechuzas
roncas
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